Los Reyes Magos
Quiénes somos

La vida secreta de los Reyes Magos



Por Paul William Roberts

La escena de tres potentados vestidos suntuosamente entregando los primeros regalos de Navidad, ha sido representada de innumerables maneras: en pinturas clásicas, en tarjetas de felicitación y hasta en algún tablón de edictos de una plaza pública.

Sabemos sus nombres: Melchor Gaspar y Baltasar. Parados a un lado del establo, en compañía de animales, pastores y de unos cuantos ángeles revoloteando en torno a las vigas. "Somos tres reyes de Oriente", cantan en el inmortal villancico de Navidad de John Henry Hopkins, y cada uno describe el significado del regalo del cual es portador.

Sólo hay un problema. La Biblia nunca menciona tres reyes solamente o "unos sabios" del Oriente y definitivamente no menciona sus nombres. Los desconocidos traen tres regalos, pero no aparecen en un establo ya que, al menos en el Evangelio según San Mateo, María y José viven en una casa en Belén. En la Biblia hay sólo dos escenas de la Natividad, en Mateo y en Lucas, y es Lucas quien presenta al bebé en el pesebre "porque no había cabida para ellos en la posada". En ningún otro evangelio excepto en Mateo, aparecen los magos.

¿Quiénes son estos misteriosos visitantes?...

La respuesta parecería remontarse a los orígenes de la cristiandad, del judaísmo y del islamismo, hasta el profeta persa Zoroastro, quien tal vez vivió en el siglo VI o VII A.C., o incluso hasta el 1,000 A.C., dependiendo de la fuente de información. La evidencia de los Manuscritos del Mar Muerto, de antiguos textos persas y de otras fuentes, sugiere que todos nuestros conceptos del mal, del cielo y del infierno, un juicio final y los ángeles tuvieron su origen en las enseñanzas de Zoroastro.

Los sabios de Mateo, o magos, única palabra de origen persa en la Biblia griega original, evidentemente eran sacerdotes del zoroastrismo, que era la religión oficial de Persia. No es sorprendente que se presentaran en el nacimiento de Cristo. De acuerdo con varias fuentes, los magos tendían a presentarse en acontecimientos extraordinarios en el mundo antiguo. En sus notas, Plinio ubica a un grupo de ellos parados en medio de humo y de ruinas tras el incendio que consumió el gran templo de Artemis en Efeso (circa 356 A.C.). Estos magos anunciaron que la gran destrucción del templo auguraba el nacimiento (inmaculado) de Alejandro el Grande, quien por supuesto conquistaría el mundo conocido, lo declararían un dios y moriría a la edad de 33 años.

También aparecen procesiones de magos en celebraciones cuyos anfitriones son personas dudosas como Nerón. No siempre está claro si vienen a bendecir o a censurar, a perdonar o a condenar y, con frecuencia, se marchan sin explicar el propósito de su visita. Según el profeta Zoroastro se le vio en Occidente como el Mago Supremo, maestro de artes ocultas, de igual manera a los magos se les temía y respetaba, y en ocasiones se les despreciaba por cobrar tarifas exorbitantes por sus destrezas arcanas.

Algunos estudiosos han interpretado la presencia de los magos en la Natividad como demostración de que los paganos se inclinan ante la superioridad del cristianismo. Pero en el Evangelio según San Mateo, los magos aparecen como figuras nobles y respetadas, cuyos talentos esotéricos se utilizan al servicio de la Verdad y de Dios.

Aunque es cierto que Mateo restringe las destrezas ocultas de los visitantes a las necesidades de su historia. Ellos entregan sus regalos, hacen despliegue de un poco de destreza astrológica cuando el rey Herodes los interroga y luego se marchan. Es casi como si pusieran nervioso a Mateo. Pero tienen que estar allí, como una especie de pago por una deuda. Después de todo, en un texto que ahora se conoce como el Evangelio arábico de la infancia de Jesús, Zoroastro predijo el nacimiento milagroso de un Mesías en el seno de unos padres humanos.

Tomó varios cientos de años para que los "sabios" de Mateo se convirtieran en los tres Reyes Melchor, Gaspar y Baltasar. Varias versiones que datan del siglo II y III algunas de ellas por santos y padres de la primera iglesia, señalan que la cantidad de reyes presentes en la Navidad era de 14 como máximo y un mínimo de dos. Mencionan nombres desde Hormazd hasta Karsudas y Melkon y son regentes de Arabia, Persia, India y en un caso sencillamente de "Oriente".

Pero para principios del siglo XI, cuando lo que había comenzado como una secta judía perseguida se había convertido en la fe oficial del Imperio Romano, de momento todos decidieron por unanimidad la cantidad y la identidad de los primeros visitantes de Jesús. El emperador Justiniano I, que reinaba desde Bizancio (ahora Estambul) los godos hacía tiempo habían saqueado a Roma, mandó a colocar mosaicos de la Natividad en las principales basílicas en Ravena, Italia y en Belén.

Los mosaicos de Justiniano sencillamente revelan cuán interrelacionadas habían llegado a estar la religión y la política imperial: las representaciones del nacimiento de un niño divino se usaron para establecer un dogma ortodoxo romano sobre el herético arraianismo de los viejos gobernantes de Ravena (que negaban la divinidad de Cristo). Estos mosaicos no sólo "revelaron" por vez primera los nombres y edades de los tres reyes, sino también los presentaron claramente usando vestimenta persa tradicional.

Para principios del siglo VIII, la identidad de los magos de Mateo se había arraigado tan firmemente que el destacado historiador de Inglaterra, el venerable Bede, pudo afirmar categóricamente que los visitantes eran de tres edades diferentes y que al menos uno era blanco y otro era negro.

¡Qué fue de los tres Magos!

En la Catedral de Colonia, en Alemania, hay un calendario de santos que incluye el siguiente obituario: "Habiendo pasado muchas pruebas y vicisitudes para el Evangelio, los tres Magos se reunieron en Sewa en el 54 D.C.. para celebrar la fiesta de la Navidad. Inmediatamente después de la celebración de la Misa, murieron: San Melchor el 1 de enero, a la edad de 116 años: San Baltasar el 6 de enero, a la edad de 112 años y San Gaspar el 11 de enero a la edad de 109 años".

Sus restos mortales se dicen que están en una urna de oro incrustada con joyas, detrás del altar mayor de la catedral. Han estado allí desde el 1164, cuando el monarca alemán Frederick Barbarosa se llevó la urna de su basílica en Milán. Los cuerpos que finalmente estaban en Milán, aparentemente habían sido descubiertos en Sewa, lo que ahora es Turquía, no mucho antes de que Justiniano encargara sus mosaicos.

Desafortunadamente la autenticidad de las reliquias de Colonia es bastante dudosa. Por una parte, la iglesia no estableció la fiesta de la Navidad como un festival hasta aproximadamente el año 336. Por otra, después de más de 100 años después de Barbarosa haberse llevado la urna de Milán, Marco Polo insiste en que a él le enseñaron los cuerpos embalsamados de los Magos en su tumba en Saveh, una ciudad al sur de Teherán moderno.

Recientemente descubrí suficiente evidencia en Saveh que apoya la alegación del mercader de Venecia y descubrí que hasta la fecha aquí se hace una extraña historia de unos antiguos reyes-sacerdotes persas que hace tiempo partieron hacia Israel en busca de un niño especial.

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